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Las rutas de Edgar Allan Poe: un viaje literario

Los americanos tienen esa obsesión por simplificarlo todo: la comida chatarra, el viaje en automóvil, el cine de acción, las ropas, las casas, las razas de perros, el idioma y, por supuesto, las adaptaciones literarias. La primera vez que leí a Poe no fue a Poe, sino una novela gráfica de alguno de sus cuentos:  The Pendulum and the Pit ,  The Fall of the House of Usher  o  The Cask of Amontillado . En las horas libres que tenía en el New London High School, en los abismos del salón de música, donde solía pasar las horas libres, leyendo, en vez de dedicarme a jugar fútbol americano o béisbol (otro pasatiempo de estos lugares) me sumergía en sus historias. Entre el 5 y el 15 de agosto de este año, y escapando del verano de Columbia, emprendí un viaje hacia el norte para recorrer los lugares habitados por este escritor maldito.    La salida El Cherokee me lleva a la casa de Allan Poe en Richmond, Virginia. La carretera cruza un océano de maizales, el cielo pi...
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La narrativa corta de Oswaldo Estrada: Cortocircuitos

          Un  amigo camerunés me decía que hay un tipo de persona con la que no se puede discutir: aquella que se quiere ir del país. Cuando la decisión está hecha, no hay nada ni nadie que las detenga, así se las coman los tiburones. O se van o se van. Esto se podría considerar como un acto de locura sin medias tintas ni otras alternativas.  Se podría decir que los treinta y cinco cuentos que componen  Cortocircuitos  (Intermezzo Tropical, 2025), del autor peruano Oswaldo Estrada, están compuestos por gente de este tipo: locos clínicos, amantes con el corazón hecho jirones, personas corroídas por el alzhéimer, envenenamientos, enfermedades terminales, virus en pandemia, sadomasoquismo y una larga lista de situaciones extremas que producen, en palabras de Estrada, ese ¡zas! que las separa del mundo. En  Cortocircuitos , además, se amalgama una retahíla de preocupaciones sobre la migración, el desarraigo, la nostalgia, la alienación ...

Cien años de The Sun Also Rises: Fiesta

Hace un siglo, el 22 de ocubre de 1926, se publicó  The Sun Also Rises , de Ernest Hemingway. Desde entonces el libro no ha hecho más que crecer en popularidad y lecturas críticas. Innumerables admiradores a lo largo de los Estados Unidos y oleadas de académicos estudian su obras, encontrando nuevas zonas de interés donde todo parecía ya dicho. Desde su aparición, hasta hoy, la novela no ha perdido un ápice de interés, y cada nueva generación encuentra en ella, como los personajes de la historia, un motivo para embriagarse de juventud y celebrar la vida.    A mis manos llegó, hace tiempo ya de esto, uno de los libros que mi hermano solía coleccionar. Era un libro de tapa dura con forro de papel cuché, de esos que solían salir con El Comercio, como parte de una colección de maestros de la literatura universal. El nombre:  Fiesta , su autor: Ernest Hemingway. La primera lectura me dejó, como dejaría a cualquier joven en sus veintes, con las ganas de beber más vino...

De cosmopolitas a provincianos

         Entre  los escritores que me apasionan se encuentran aquellos que hicieron del mundo su domicilio. Sin fronteras nacionales —en peregrinaje constante por el extranjero— la literatura se convierte en refugio de quienes abandonaron el terruño. Aunque este refugio de letras amenace al escritor en convertirlo en centro de ataques de sus connacionales, irse siempre será una opción más interesante.                      El viaje es y ha sido imprescindible en la formación de los escritores. Cuando Hemingway migró de Chicago a Paris, estaba casado con Hadley, su primera esposa, con quien tenía un hijo: Bumby. Su amigo y mentor, Sherwood Anderson, le dio una carta de recomendación dirigida a Gertrude Stein, presentándolo como un muchachón con talento literario. Vargas Llosa se fue becado a Madrid para seguir un doctorado en la Universidad Complutense, vi...

El cine no es un arte, su enemiga la literatura

Con frecuencia se insiste en defender el lado artístico del cine. Y para poner un escudo por delante, diré que, en efecto, hay algo de cierto en esto. Aunque a veces prefiero alejarme un poco para ver el cuadro completo, sin los apasionamientos del artista ni los prejuicios del crítico, con la intención de subrayar algunos bemoles en la producción de cine que me hacen pensar que el cine no es un arte. No es un arte —al menos— al ponerla mano a mano con la literatura, con la que siempre parece estar en competencia.             Fueron días de intenso labor —a veces hasta la madrugada— con un equipo compacto y de innegable talento humano en el rodaje de  Tenderos  (2026), película que me decidí rodar para sacarme algunos clavos de los pies. Los rodajes de películas son siempre aventuras sobre el vacío, exploraciones de las que uno solo sabe que terminarán en algún momento, aunque no siempre cómo lo harán.   ...