Me encuentro sentado en la cafetería de la casa de Charles Dickens, en el número 48 de Doughty Street, con una taza de té inglés que me devuelve los ánimos, envuelto en una neblina abrumadora que amenaza con ahogarme. El aire sostiene litros de humedad en esta ciudad con la que soñé desde pequeño. El jardín no es grande, unas cuantas mesas llenan el local apenas, unos lectores animosos leen en silencio una antología de Dickens. Entre mis recuerdos atesoro la llegada de unos ejemplares rotos a mis manos: Great Expectations , Oliver Twist , The Mystery of Edwin Drood , en unas ediciones burdas — piratas a todas luces, editadas en el Perú — , que conformaban parte de la biblioteca de mi padre, y sobre las que inevitablemente pienso en este momento. Ahora me parece ver a Evenezer Scrooge esperando su café o al pobre de Edwin Drood ingresando al local. Londres tiene esa magia que no acaba en sus calles, magia que se mete en el alma y que termina acompañándolo a uno du...
Los americanos tienen esa obsesión por simplificarlo todo: la comida chatarra, el viaje en automóvil, el cine de acción, las ropas, las casas, las razas de perros, el idioma y, por supuesto, las adaptaciones literarias. La primera vez que leí a Poe no fue a Poe, sino una novela gráfica de alguno de sus cuentos: The Pendulum and the Pit , The Fall of the House of Usher o The Cask of Amontillado . En las horas libres que tenía en el New London High School, en los abismos del salón de música, donde solía pasar las horas libres, leyendo, en vez de dedicarme a jugar fútbol americano o béisbol (otro pasatiempo de estos lugares) me sumergía en sus historias. Entre el 5 y el 15 de agosto de este año, y escapando del verano de Columbia, emprendí un viaje hacia el norte para recorrer los lugares habitados por este escritor maldito. La salida El Cherokee me lleva a la casa de Allan Poe en Richmond, Virginia. La carretera cruza un océano de maizales, el cielo pi...