Los americanos tienen esa obsesión por simplificarlo todo: la comida chatarra, el viaje en automóvil, el cine de acción, las ropas, las casas, las razas de perros, el idioma y, por supuesto, las adaptaciones literarias. La primera vez que leí a Poe no fue a Poe, sino una novela gráfica de alguno de sus cuentos: The Pendulum and the Pit , The Fall of the House of Usher o The Cask of Amontillado . En las horas libres que tenía en el New London High School, en los abismos del salón de música, donde solía pasar las horas libres, leyendo, en vez de dedicarme a jugar fútbol americano o béisbol (otro pasatiempo de estos lugares) me sumergía en sus historias. Entre el 5 y el 15 de agosto de este año, y escapando del verano de Columbia, emprendí un viaje hacia el norte para recorrer los lugares habitados por este escritor maldito. La salida El Cherokee me lleva a la casa de Allan Poe en Richmond, Virginia. La carretera cruza un océano de maizales, el cielo pi...
Un amigo camerunés me decía que hay un tipo de persona con la que no se puede discutir: aquella que se quiere ir del país. Cuando la decisión está hecha, no hay nada ni nadie que las detenga, así se las coman los tiburones. O se van o se van. Esto se podría considerar como un acto de locura sin medias tintas ni otras alternativas. Se podría decir que los treinta y cinco cuentos que componen Cortocircuitos (Intermezzo Tropical, 2025), del autor peruano Oswaldo Estrada, están compuestos por gente de este tipo: locos clínicos, amantes con el corazón hecho jirones, personas corroídas por el alzhéimer, envenenamientos, enfermedades terminales, virus en pandemia, sadomasoquismo y una larga lista de situaciones extremas que producen, en palabras de Estrada, ese ¡zas! que las separa del mundo. En Cortocircuitos , además, se amalgama una retahíla de preocupaciones sobre la migración, el desarraigo, la nostalgia, la alienación ...