Con frecuencia se insiste en defender el lado artístico del cine. Y para poner un escudo por delante, diré que, en efecto, hay algo de cierto en esto. Aunque a veces prefiero alejarme un poco para ver el cuadro completo, sin los apasionamientos del artista ni los prejuicios del crítico, con la intención de subrayar algunos bemoles en la producción de cine que me hacen pensar que el cine no es un arte. No es un arte —al menos— al ponerla mano a mano con la literatura, con la que siempre parece estar en competencia. Fueron días de intenso labor —a veces hasta la madrugada— con un equipo compacto y de innegable talento humano en el rodaje de Tenderos (2026), película que me decidí rodar para sacarme algunos clavos de los pies. Los rodajes de películas son siempre aventuras sobre el vacío, exploraciones de las que uno solo sabe que terminarán en algún momento, aunque no siempre cómo lo harán. ...
La obsesión por el arte puede llegar a convertirse en una enfermedad peligrosa. Un cruce infinito entre vida y arte es lo que conduce a Dorian Gray, el personaje de la única novela de Oscar Wilde, a un continuo descenso moral. Empecé a leer El retrato de Dorian Gray el fin de semana de un otoño surcarolino. Me obsesioné con la riqueza de la prosa con el mismo entusiasmo con el que su protagonista lee À rebours de Joris-Karl Huysmans, aunque con mayor distancia y ojo crítico porque, a pesar de todo, la literatura puede ser, de tomarse muy en serio, un arma de doble filo. Sin embargo, a lo largo del tiempo me he topado con personas que sí se toman la literatura en serio, mejor dicho, lo que ella y el arte cuentan. No critico ese entusiasmo tan valioso que es fuente de vida de todo escritor: la obsesión por escribir, sin duda, es un componente fundamental. Me refiero, ...