Ir al contenido principal

De cosmopolitas a provincianos

       Entre los escritores que me apasionan se encuentran aquellos que hicieron del mundo su domicilio. Sin fronteras nacionales —en peregrinaje constante por el extranjero— la literatura se convierte en refugio de quienes abandonaron el terruño. Aunque este refugio de letras amenace al escritor en convertirlo en centro de ataques de sus connacionales, irse siempre será una opción más interesante.

                     El viaje es y ha sido imprescindible en la formación de los escritores. Cuando Hemingway migró de Chicago a Paris, estaba casado con Hadley, su primera esposa, con quien tenía un hijo: Bumby. Su amigo y mentor, Sherwood Anderson, le dio una carta de recomendación dirigida a Gertrude Stein, presentándolo como un muchachón con talento literario. Vargas Llosa se fue becado a Madrid para seguir un doctorado en la Universidad Complutense, viajó con Julia Urquidi. García Márquez se convirtió en corresponsal en Europa, y regresó a Barranquilla para casarse con Mercedes Barcha. Tayeb Salih y Chinua Achebe se trasladaron a Londres para trabajar en los estudios de la BBC. Henry James fijó residencia en Inglaterra. Julio Cortázar abandonó la Argentina, hostigado por la censura, y se mudó a París. Adoptó la nacionalidad francesa. El espíritu de aventura es inseparable de la vida de muchos de estos escritores, espíritu que, al final, desemboca en una realidad cosmopolita. Ciudadanos del mundo, respondía Dionisio de Sinope cuando se le preguntaba de dónde era, y esta declaración para ser más importante que nunca. 

                     No todo se puede encontrar en casa. Es necesario salir y curtirse un poco en el mundo. Siempre. Un viaje de vacaciones no es suficiente, y a veces solo puede generar más frustraciones: una falsa ilusión propia del turismo frívolo: el mayor gesto de vanidad de gastar los recursos en tomarse una foto en un monumento público. No me refiero a este tipo de viajes cada vez banalizados a extremos nunca vistos. Hablo de los viajes de mayor duración, de los que fusionan la experiencia del visitante con la del residente y con la historia, convirtiéndolos en parte de una misma comunidad. Para escribir es necesario alejarse de todo, incluso de lo que uno más quiere. La lejanía incrementa la experiencia de vida, aunque en la práctica solo sume mayores obstáculos y amarguras a una existencia estable y placentera en el hogar. Quizás sea conveniente ahora definirlo como exilio, si esta palabra matiza mejor lo que deseo transmitir. El punto al que quiero llegar, sin embargo, es que el exilio es un puente para el cosmopolitismo, el cual abre el panorama cultural a niveles que la patria no puede ofrecer. No es una tarea sencilla, claro, y lejos de la mirada romántica —del siempre elegante Edward Said— que conlleva el exilio, la decisión de irse siempre es complicada.

                     Pero hay algo que inevitablemente me llama la atención de los últimos años. Y que matiza la idea del total alejamiento del hogar de décadas anteriores: las redes sociales. ¿Qué hacen estas herramientas digitales que alteran esa ilusión que solo la distancia, por más dolorosa que sea, nos da? Generan una sensación de falsa cercanía que, de un lado, alivia las nostalgias, pero de otro, endurece ese sentimiento de extrañar a alguien que no se encuentra entre nosotros. Recuerdo mi primer viaje a Barcelona el año 2010. Amigos, conocidos y familiares reunidos, salidos de no-sé-dónde, se dieron cita en el Aeropuerto Jorge Chávez, para despedirse. Todo un suceso. La antesala del aeropuerto se había convertido en un auténtico pozo de lágrimas. Desde Barcelona, en un pequeño cuarto del Eixample, las llamadas telefónicas prolongaban esas despedidas. El Skype tenía un límite de tiempo, y la calidad de video era pésima. Ahora que vivo en los Estados Unidos y viajo al Perú cada cinco meses, nadie me extraña, nadie se anima a esperarme en el aeropuerto y apenas me ven, ya me quieren echar. Las redes han reducido las distancias a costa de no parecer tan lejanas.  

                     Pero hablaba de escritores, y entre ellos de los narradores, que algo con respecto a la distancia tienen que ver. Hasta más o menos el año 2010, la imagen del escritor era, o tenía el aura de misticismo, de relativa importancia social. Esto no es, en efecto, más que la descripción romántica del papel de escritor. Aunque creo que no hay nada de malo en esto porque, a pesar de todo, el rol de escritor no es más que un invento de los románticos del siglo XIX: el genio, el novelista, hombre de letras y político a la vez. Ahora esta aura de misticismo, de lejanía, de importancia, trascendencia cosmopolita se ha evaporado. ¿Por qué? Quizás por la misma razón por la que se suele querer más lo que no se ve, lo que ya no está.  

                     Pero los tiempos cambian, y lo que pensamos de los escritores también. El cosmopolitismo ha pasado a provincianismo. En vez de ampliar el panorama, la inmediatez de las redes los ha empequeñecido. ¿Qué quiero decir con esto? En el siglo anterior, y parte del actual —antes de la invasión de los teléfonos inteligentes—, se apuntaba a mercados transnacionales con escritores que fueran sus puntas de lanza. Se les otorgaba una importancia que desbordada el campo de la creación, para lindar con el de la opinión pública, la intelectualidad, la academia incluso. En muchos puntos, los escritores ambicionaban un lugar todavía más privilegiado de influencia a través de otras lenguas, por ejemplo: las entrevistas de Vargas Llosa en medios franceses o ingleses, similares a las de Carlos Fuentes; o las tertulias de Henry James en los círculos intelectuales de Zola, Daudet o los Goncourt. En otras palabras, el escritor cosmopolita del siglo pasado se ha replegado y se ha convertido en provinciano en el siglo XXI: paradójico si se considera que la Internet nos abre las ventanas al mundo. Ahora todo se reduce a sus muros de Facebook o Instagram y a la cantidad de “me gusta” que puedan acumular.  

                     No quiero sonar pesimista, pero casi todo esto se ha perdido. Y, sí, prefiero al escritor de antaño que al de hoy. La opinión de un escritor de nuestros días vale poco menos que la de cualquier ciudadano, y ese valor de articular la verdad entre la niebla de mentiras, la de hacerse campo entre los demás con absoluta libertad —valores defendidos por Albert Camus— ya casi no existen. Las redes han banalizado la idea del creador, la han prostituido al punto que solo existen en la medida en la que acumulan reacciones y adulaciones de vecinos de generación o de país. Por otro lado, hoy cada uno busca sus propios nichos de lectores —por no decir “su mercado”, palabrita mágica en este medio—, los que se encuentran más cerca de sus lugares de origen que afuera. Paradójico. Por esto mismo, sus opiniones son casi todas parecidas, como si fueran arrastrados por la misma corriente de agua turbia. Cada vez se lee menos, si es que se lee, y se hace poco esfuerzo o ninguno por leer en lenguas extranjeras. Por si fuera poco, la Inteligencia Artificial amenaza con destruir incluso el ínfimo esfuerzo que algunos caballeros andantes realizan.  

                     Por estas razones, da la sensación de que en realidad muchos de los escritores actuales residentes en el exterior nunca hubieran salido de sus países. Se les extraña menos. Sus visitas ya no son novedades. Se les ha apagado el aura de misticismo del que hablaba antes. Y esto genera otra interrogante: ¿Es marcharse “la única” o “mejor” opción para escribir en la segunda década del siglo XXI? Yo sigo creyendo que sí. Hay quienes niegan de antemano esta idea a capa y espada con el argumento de la tradición, del atavismo persistente. No creo que sea así, pero ya sobre esto hablé en otro lado. De cualquier forma, en este mar de contenidos digitales y disminución de la importancia de los escritores, los canales de contenido literario al menos cumplen un propósito: la difusión. El canal de Luis Hernán Castañeda, por ejemplo, pretende mantenerse actualizado con la variedad de producción de literatura latinoamericana actual. Esto es relevante y significativo. En un contexto diferente, Ato Quayson deja atrás el hermetismo de las aulas de Princeton y en su canal analiza con un lenguaje claro y didáctico a los clásicos de la literatura africana. Al menos creo que la literatura se ha refugiado en la didáctica de las aulas para resucitar en algún momento.  

                     ¿Pero, entonces, que se ha perdido? La crítica literaria como género periodístico es cada vez más escasa. Se ha vuelto casi una práctica de lujo y sin impacto en la opinión de los lectores. Pocas personas se interesan en leer crítica. Y esos pocos lectores demandan un contenido, precisamente, sin crítica, sino descriptivo y/o cronístico. No me refiero en lo absoluto a la desaparición absoluta de la crítica, que ahora se ha refugiado, como siempre lo ha hecho, en la academia, en cientos de artículos de revistas universitarias publicadas anualmente, pero cuya lectura es más un deber que un acto de placer. En todo caso, la crítica periodística se encuentra amenazada y el mejor lugar para encontrarla ahora es en las bitácoras personales de quienes aún cultivan el género. Somos testigos quizás de su decadencia, así como en algún momento el género epistolar dejó de ser un testimonio de vida de la gente —de los escritores— a partir de la masificación del teléfono y el correo electrónico. Los medios de tiraje masivo son cada vez menos creíbles en su intento de santificar a unos cuantos cuya visión es más local que cosmopolita. Algunos escritores crean sus propios comunicados a través de las redes sociales. Da lo mismo que el escritor se encuentre en Dubái o El Salvador: al menos le da lo mismo al lector. Y concluyo con esto: el escritor habla para un auditorio cada vez más limitado, le habla a su modo y hasta a veces en su jerga. Si el escritor hace esto, sin embargo, deja de ser precisamente alguien diferente para diluirse en un lago saturado de opiniones similares. ¿Estaremos presenciando la desaparición del escritor? ¿Tendrá sentido todavía escribir? En todo caso, ¿para quién escribir?   

 

 

 

         Columbia, marzo de 2026


Publicado parcialmente en Bitácora, marzo de 2026 


                                                        Julio Ramón Ribeyro en París (c. 1950)

    
                                                  Gabriel Garcia Márquez en Barcelona (c. 1970)

Entradas populares de este blog

La literatura y las lenguas de un continente

Es la primera vez que pongo un pie en África. Me encuentro en Nairobi, capital de Kenia, para asistir al encuentro anual de la Asociación de Literatura Africana, que este año honra al más importante escritor del país: Ngũgĩ wa Thiong’o, fallecido hace apenas un mes. En medio de ruidos y protestas contra el gobierno de William Ruto, con gases lacrimógenos que alcanzan los últimos pisos de los edificios y con una juventud inconforme de su entorno, ahora puedo decir que me encuentro en el país que desveló mis sueños de los últimos años.       La literatura africana no tiene gran presencia en Latinoamérica, no por la falta de escritores de la talla de Chinua Achebe o el premio Nobel Wole Soyinka, entre otros grandes, sino porque la literatura que se exporta de estos países, generalmente, apunta al mercado europeo y americano, en habla inglesa y francesa. Quizás por este desinterés mutuo, y tal vez por la desconexión cultural entre países de ambos continentes, el tránsito...

El cosmopolita inmortal

Ha muerto Mario Vargas Llosa. El último de los gigantes. La noticia viaja de Lima a París, de Londres a Madrid, de Nueva York a Roma, en lenguas distintas, sugiriendo el cierre de la novela de su vida. Como único peruano, doctorando en literatura comparada en la Universidad de Carolina del Sur, me señalan con el dedo que es a mí a quien le toca hablar sobre él: esta vez me dirijo a todos (en francés).      Dejo que mi mente repase los nombres imprescindibles de su obra, los infaltables, los inmortales, los que no pueden faltar en la mochila, en la librería móvil y en los estantes de las bibliotecas del mundo. La ciudad y los perros (1963), La Casa Verde (1965), Conversación en La Catedral (1969). Novela, cuentos, teatro, cine, ensayo, crónica, ningún género escapó de su mirada crítica ni de su gran ambición de escribir la “novela total”. A través de sus ensayos y entrevistas, dejó entrever lo que esto significaba: lo inalcanzable, la representación general ...

¿Pasatiempo de niñas? La casa de Jane Austen

J ane Austen tenía una lengua burlona, afilada, hiriente. Nada raro en una sociedad con estrictas normas de comportamiento. Su visión, en cambio, era corta, lo que la obligaba a encorvarse al momento de escribir. Incluso así era una observadora única. La hipocresía, la falsedad, la adulación son temas recurrentes en su literatura.      Mi itinerario era sencillo: esperar el tren en la estación de Waterloo, al sur de Londres, viajar durante hora y media hasta Alton, una pequeña villa cerca de Chawton, en Southampton, y visitar la casa en la cual Jane Austen vivió sus últimos ocho años de vida. Desde mi acercamiento a las novelas de Jane Austen en los cursos de literatura inglesa de la Universidad de Bonn, quedé encantado por la ironía y la elegancia con la que retrataba las relaciones personales, dejando de lado el prejuicio con el que, desde Latinoamérica, se la cataloga erradamente de “sentimental”, consecuentemente, destinada a un público juvenil, d...