Hace un siglo, el 22 de ocubre de 1926, se publicó The Sun Also Rises, de Ernest Hemingway. Desde entonces el libro no ha hecho más que crecer en popularidad y lecturas críticas. Innumerables admiradores a lo largo de los Estados Unidos y oleadas de académicos estudian su obras, encontrando nuevas zonas de interés donde todo parecía ya dicho. Desde su aparición, hasta hoy, la novela no ha perdido un ápice de interés, y cada nueva generación encuentra en ella, como los personajes de la historia, un motivo para embriagarse de juventud y celebrar la vida.
A mis manos llegó, hace tiempo ya de esto, uno de los libros que mi hermano solía coleccionar. Era un libro de tapa dura con forro de papel cuché, de esos que solían salir con El Comercio, como parte de una colección de maestros de la literatura universal. El nombre: Fiesta, su autor: Ernest Hemingway. La primera lectura me dejó, como dejaría a cualquier joven en sus veintes, con las ganas de beber más vino del necesario, salir con amigos, aficionarse a los toros y conocer París. Me encontré en otras ocasiones con el mismo título en la lengua original, The Sun Also Rises, en la Universidad de Bonn, en el sílabo del profesor Claus Daufenbach, durante la pandemia y actualmente en los corredores de la biblioteca de la Universidad de Carolina del Sur, donde se anuncia su aniversario, como el centenario más importante del siglo, solo comparable a los bombos y platillos que sonaron por The Great Gatsby el año pasado.
La primera novela de un escritor, aunque no sea la mejor, es la que más interés provoca, especialmente si el escritor es capaz mantener una carrea sólida y larga. Para escribir la primera novela, el primer libro, se espera toda una vida, el resto viene ya por la disciplina impuesta, la búsqueda constante de nuevos ángulos y la inevitable expectativa del público. El caso de Hemingway es ejemplar: su primera novela es a la vez la mejor que produjo. Y quizás las respuestas se encuentren en sus insistentes declaraciones sobre la sinceridad a la hora de narrar, de contar experiencias propias que encuentren, más adelante, el eco en la vida de los lectores. Dejo esto que dijo Hemingway: “A writer’s job is to tell the truth. His standard of fidelity to the truth should be so high that his invention, out of experience, should produce a truer account than anything factual can be.” La verdad proviene de la invención, y esta de la experiencia. En otras palabras, la realidad es una invención y no una copia fiel del mundo, como pretendían los realistas y naturalistas, como William Dean Howells o Theodor Dreiser.
Ernest Hemingway estaba convencido que para ser considerado un escritor, tenía que publicar algo de mayor ambición: una novela. Llevaba publicados hasta el momento sendos artículos periodísticos para The Toronto Star Weekly, donde escribió crónicas sobre los efectos de la Primera Guerra Mundial, un libro que se repartió entre amigos Three Stories and Three Poems (1923) y uno de cuentos In Our Time (1925).
En junio de 1925 empezó a escribir The Sun Also Rises, en Madrid, después de un viaje a Pamplona. Primero fueron 32 páginas que posteriormente se ampliaron a siete cuadernos, hoy custodiados por los archivos de la biblioteca-museo John F. Kennedy, en Boston. El argumento, sin embargo, no apareció hasta el tercer cuaderno cuando Hemingway esbozó un plan temático de los capítulos siguientes.
No toda novela nace con una identidad clara, con un nombre. The Sun Also Rises no fue la excepción, de hecho, este vino mucho más adelante, como parte del epígrafe del libro, cogido de Eclesiastes 1:5, porque, según Hemingway, la biblia es una buena fuente para escoger títulos. En todo caso, entre los títulos que se fueron quedando en el camino están: Cayetano Ordóñez “Niño de la Palma” (primer nombre), Fiesta: A Novel (título escogido en las traducciones al español y con el que Hemingway trabajó durante todo el proceso de escritura), The Lost Generation (La generación perdida), Two Lie Together (Dos mienten juntos), River to the Sea (Río rumbo al mar), For in much wisdom is much grief and he that increases knowledge increaseth sorrow(En mucha sabiduría hay mucha aflicción y el que aumenta el conocimiento aumenta las penas) y The Old Leaven (La vieja levadura).
Los nombres son como hitos que van guiando la composición del libro. Para Hemingway, Fiestareflejaba en el fondo el espíritu y las motivaciones de sus personajes. Una generación perdida, la llamo Gertrude Stein, sin rumbo en la vida, reflejo de los efectos provocados por la reciente guerra. Quizás una generación traumada sonara menos poética, pero en el fondo eso era. Las heridas de la guerra no solo eran físicas, reflejadas en la cantidad de personas que volvieron a sus hogares lisiadas, sino también espirituales y morales. Hemingway escribía para sanar. Los personajes de The Sun Also Rises son proyecciones de su propia experiencia como expatriado en París. La lesión en la pierna que sufrió al frente de la Cruz Roja Americana en Italia, a causa de un proyectil de mortero, le nutrió de experiencias límite: la vida al borde de la muerte. Esta es la lectura de uno de los estudiosos de su obra, Philip Young, quien reflexiona, además, sobre el “Hemingway Code” para referirse a la fuerza que controla el honor y el coraje, elementos que hacen de un hombre un hombre en ciertas circunstancias de peligro. El enfrentamiento entre el toreador y el toro es un ejemplo de esto.
Si los nombres provisionales marcan el rumbo de un libro, los personajes también se van moldeando en función de cambios similares. Sabemos que el emblemático Hotel Montoya, donde el grupo de amigos se aloja, era el hotel Quintana, nombre real donde Hemingway y su primera esposa Hadley se alojaron anteriormente. El lozano toreador, Pedro Romero, evolucionó desde Niño de la Palma, luego Guerrita. Hem era el nombre de Jake Barnes. Duff Anthony era Brett Ashley. Harold, luego Gerald y finalmente Robert Cohn.
Estos cambios parecen responder a la necesidad de Hemingway de definir la línea exacta entre la realidad y la ficción. La idea clara sobre la sinceridad, la verdad y la invención, le vino después. Estos nombres, de haberse publicado así, le habrían conducido a él y al editor, Charles Scribner, a innumerables problemas legales.
La invención, entonces, necesita de nutrirse de la realidad para poder ser potente por partida doble. A diferencia del periodismo, de donde Hemingway aprendió los rudimentos del lenguaje conciso y directo, la literatura se nutre de la invención, de lo falso, y no de los hechos factuales del mundo. Por otra parte, siempre resulta placentero, desde la perspectiva del lector, desnudar esas capas de invención hasta llegar a la médula: el origen.
En mayo de 1926, Hermingway envió el manuscrito a Max Perkins, editor de la casa Charles Scribner and Sons. Aquí no terminó la historia. El manuscrito fue aceptado a condición de suprimir partes del lenguaje ofensivo y de las burlas indirectas a personalidades como Henry James.
Un libro no termina de escribirse hasta que no se encuentra en la imprenta. Hemingway se vio envuelto en una constante negociación con su editor así como con su amigo Scott Fitzgerald, para que cambiase todo tipo de referencias al pasado de los personajes. Esta operación encaja perfectamente en la ambigüedad y falta de causalidad clara en la motivación de los personajes, rasgo distintivo del modernismo anglosajón.
Algo queda claro de todo esto, la relación del escritor con el lector nunca es directa. Es solo una ilusión. Antes han pasado los ojos de lectores privilegiados escogidos por el autor, lectores que pueden contradecir, corregir o icluso destruir a los escritores. Scott Fitzgerald fue sincero y directo en advertirle que Ernest Hemingway debería cambiar el inicio antes mandar el libro a imprenta. El cambio eran de veinte páginas, 7500 palabras aproximadamente, que, en su opinión, jugaban con la atención del lector, “and my advice is not to do it by mere pareing but to take out the worst of the scenes”.
El inicio fue removido: “This is a novel about a lady” y cogió la despcripción de Robert Cohn, que aparecía en la página 16, “Robert Cohn was once middleweight boxing champion of Princeton”. Consecuentemente, la operación eliminaba cualquier juicio emitido por el narrador para dejar en la ambigüedad las acciones de cada uno y difuminar la presencia del héroe de la historia.
La novela salió y generó opiniones contrarias. Para algunas voces de la talla de Virginia Woolf, la voz en primera persona no mostraba un rasgo de modernidad claro. André Maurois, por su parte, sugirió que no existía un argumento, pero que, a pesar de todo, la novela se sostenía porque los personajes parecían seres vivos. Los diálogos, eso sí, no fueron para nadie indiferentes.
Con los años The Sun Also Rises no ha dejado de estar presente. Solo en 1980 se publicaron más de mil libros dedicados exclusivamente a él. ¿En dónde radica esta atención que se renueva? ¿Cómo nos sigue hablando la novela cien años después de su publicación?
Como las grandes novelas, The Sun Also Rises es atemporal, es decir, vive en la eternidad. La razón quizás esté en dos cosas: habla de la juventud de un tiempo que no se amolda a las normas sociales, como todas las generaciones que vienen a sustituir a las anteriores. Por esto mismo, es superior a otra novela, The Old Man and the Sea, sobre la que se suele afirmar cierta superioridad, pero que no respira ni la juventud del autor ni la de los personajes. La juventud es algo irrecuperable en la vida de cualquier persona, y una juventud aletargada y sometida a los hábitos y pareceres de los viejos está condenada a perecer. “Juventud divino tesoro / ¡Ya te vas para no volver / Cuando quiero llorar no lloro / y a veces lloro sin querer”, nos recuerda Rubén Darío. En esto radica la riqueza de The Sun Also Rises, y es algo que gran parte de la novela contemporánea ha perdido. La ha perdido porque después de la Segunda Guerra Mundial la pandemia, al menos en occidente, ha matado más muertos en una época en la que parecía todo controlado y en orden. No hay una gran novela que hable ahora de esto. Y los intereses se desvían por otros lados. Creo que este es motivo suficiente como para cuestionar los tiempos aletargados en los que vivimos, donde las obsesiones temáticas pasan a tener más importancia que las formas. En esto Hemingway fue muy novedoso, esa libertad traducida en libertinaje, y esta en los andares de Jake Barnes, Robert Cohn, Ashley Brett, Pedro Romero bebiendo a rabiar por las callejas de Pamplona encontró en la economía de la palabra y en la ambigüedad de los diálogos su más preciado tesoro.
Knoxville, Tennessee, mayo de 2026
Publicado parcialmente en mi columna El Rastacuero Literario en Bitácora, mayo de 2026