La obsesión por el arte puede llegar a convertirse en
una enfermedad peligrosa. Un cruce infinito entre vida y arte es lo que conduce
a Dorian Gray, el personaje de la única novela de Oscar Wilde, a un continuo
descenso moral. Empecé a leer El retrato
de Dorian Gray el fin de semana de un otoño surcarolino. Me obsesioné con
la riqueza de la prosa con el mismo entusiasmo con el que su protagonista lee À rebours de Joris-Karl Huysmans, aunque
con mayor distancia y ojo crítico porque, a pesar de todo, la literatura puede
ser, de tomarse muy en serio, un arma de doble filo.
Sin embargo, a lo largo del tiempo me he topado con personas que sí se toman la literatura en serio, mejor dicho, lo que ella y el arte cuentan. No critico ese entusiasmo tan valioso que es fuente de vida de todo escritor: la obsesión por escribir, sin duda, es un componente fundamental. Me refiero, más bien, a quienes moldean sus vidas en función de lo que las historias cuentan y lo que los escritores piensan: sus juicios estéticos, sus convicciones políticas y hasta su espíritu artístico. Una de estas personas a las que conocí tenía un alto sentido crítico del arte: decía cosas tan epigramáticas como las del mismo Lord Henry Wotton, amigo de Dorian Gray, casi siempre marcadas con sutiles diferencias, pero con el objetivo de herir a su interlocutor en caso de no encontrarlo a la altura de sus afinidades e intereses artísticos. A diferencia de Wilde, claro está, este amigo no era escritor y se encontraba lejos de escribir algo de valor. Experiencias y anécdotas le sobraban. ¿Entonces? Le faltaba una mejor distribución del tiempo, quizás algo de riesgo, y, de hecho, ponerse a escribir, porque la vida de escritor, de dandi y flâneur incorregible, ya la tenía.
Cuento esto porque Dorian Gray comienza a despreciar el mundo en función del incremento de su sensibilidad estética, de su pasión por el arte, de sus lecturas, en fin, de lo que podría llamarse, y lo que los estudios culturales rechazan, la “alta cultura”. Su historia empieza cándida en el estudio de su amigo el pintor Basil Hallward cuando este termina la que considera su más lograda obra: el retrato de su amigo Dorian Gray. Le pide, no obstante, que no se exhiba públicamente: I have put too much of myself into it. Pero ¿hay algún artista que no ponga nada de sí mismo en su trabajo? ¿Puede el arte sustraerse de la huella de su creador? ¿Es posible esto? El retrato de Dorian Gray gira en torno a este misterio.
Como toda historia bien narrada, no da respuestas claras. El arte no puede disociarse de su creador en ningún momento. Pensar que un libro pertenece ahora a los lectores después de la publicación es una idea absurda, tan absurda como decir que uno no tiene padres, como si uno hubiera nacido de la nada: del vacío absoluto. Discrepo con aislar el texto en su totalidad del aspecto biográfico de los autores, porque, como Basil, siempre hay algo de uno en la obra. Gustave Flaubert lo ponía así: “Madame Bovary soy yo”. Y lo mismo se podría decir de Jake Barnes de The Sun Also Rises de Hemingway o de Leopold Bloom del Ulises de Joyce y hasta el Frankestein de Mary Shelley. No digo que la obra sea un espejo fiel de la vida del autor, solo que la vida y las condiciones de producción de un libro filtran, diseminan, parte de su vida en sus obras. En algunos casos, sin duda, las asociaciones pueden ser más evidentes. Dorian Gray podría verse como una máscara de Oscar Wilde. No siempre con total fidelidad por cierto. Tampoco me refiero a la autoficción porque este género sí lleva deliberadamente este juego al extremo. Quizás la pintura sea un poco más explícita en cuanto esto. (Por alguna razón, el enigma de El retrato de Dorian Gray se encuentra en el cuadro). El rostro de Vincent Van Gogh en sus diferentes autorretratos muestran sus cambios estados de ánimo, sus fracasos, sus frustraciones: pero siempre son la misma persona, el mismo autor en momentos distintos. Algo similar pasa con el peruano Víctor Humareda, el que proyectaba su vida en sus arlequines, las calles de Lima, las prostitutas y hasta en su propio rostro demacrado.
Dorian Gray se convierte en el espejo del recorrido de vida de Oscar Wilde en muchos sentidos. Dorian Gray pasa de ser un joven inocente, sin idea de la vida, sin los medios culturales necesarios para enfrentarse a ella, a ser un tipo socialmente despreciable: nihilista, despótico, racista, asesino. A pesar de todo, resulta literariamente fascinante. ¿Por qué? Porque la literatura está conformada de miseria, de lo despreciable de la vida, de lo feo, del morbo, de la asquerosidad, de lo indeseable. No hay escritura bonita, y si la hay es sumamente aburrida, innecesaria, engañosa y hasta mentirosa. La misma naturaleza de la novela es la de levantar la cicatriz para mostrar la pus, lo que nadie más quiere ver: es la de quitar el velo de los ojos, la de mostrar al mundo y ver que todo es como un sueño, en paralelo al soliloquio de Segismundo, la gran obra de Calderón de la Barca.
Habitar este mundo en la realidad, por el contrario, puede sí resultar un problema. Oscar Wilde lo vivió en carne propia. Los ataques a su obra, los que la confundían con su vida misma hicieron que sus libros dejara de publicarse por un tiempo prolongado. En efecto, la censura comenzó desde un inició. En la versión de julio de 1890, publicada por encargo de la revista americana Lippincott’s Monthly Magazine, Wilde fue más frontal y explícito. En épocas en que la homosexualidad se consideraba un crimen, no le quedó más que corregir ciertas partes que fueron censuradas. El resultado fue, sin embargo, un libro más voluminoso y puntillistamente pulcro. Esta es la versión que conocemos y se publicó con “Prefacio” escritos por el mismo Wilde. Las ideas de este texto aclaran su posición de artista y creador: The artist is the creator of beautiful things. / To reveal art and conceal the artist is art’s aim. / There is no such thing as moral or inmoral book.
Esta confusión de la obra con la vida del autor es particularmente sorprendente. Gustave Flaubert, Charles Baudelaire vivieron situaciones similares en contextos distintos. El motivo: acusación de inmoralidad. En otras palabras, confundir la historia con la viva voz del autor. Y aunque parezca increíble, muchos adoptan, incluso hoy, esta posición peligrosa.
Algunas de las personas que mencioné al inicio de este artículo solían adoptar una posición más ambigua: tenían la pose de artistas sin ser del todo artistas: el cascarón más duro que la sustancia. Se sentían más artistas o escritores al estar junto a otros escritores como los que les gustaría ser. De esta misma naturaleza suelen ser sobre todo los poetas, cuya inspiración se haya habitualmente en bucear por los extremos de la existencia. No siempre, pero sí con frecuencia, los escándalos, los excesos, los vicios, superan y son más interesantes que sus versos. Al otro extremo están los escritores que adoptan una posición de pasividad extrema, una vida anodina, estática, rutinaria. Si bien a veces la obra llega a sostenerse a veces por sí misma, el autor, o lo que él crea de sí mismo, no aporta en nada. Lo que termina por sofocar su misma obra.
Sin embargo, los escritores cuya obra y vida son dos volcanes ardientes también pueden ser peligrosos. Oscar Wilde pertenece a este grupo, como también pertenecen a él Rubén Darío, Victor Hugo, Balzac, Virginia Woolf, Stevenson e incluso las hermanas Bronte. En todo caso, el escritor debe de mantener un halo especial en vida porque, una vez extinto, este podría nutrir o rescatar su obra del olvido. Si este halo no existe, o no se nutre de algún modo, al escritor le quedará simplemente la etiqueta de “alguien que escribe” en vez de la de “escritor”.
Charlotte, noviembre de 2025
Sin embargo, a lo largo del tiempo me he topado con personas que sí se toman la literatura en serio, mejor dicho, lo que ella y el arte cuentan. No critico ese entusiasmo tan valioso que es fuente de vida de todo escritor: la obsesión por escribir, sin duda, es un componente fundamental. Me refiero, más bien, a quienes moldean sus vidas en función de lo que las historias cuentan y lo que los escritores piensan: sus juicios estéticos, sus convicciones políticas y hasta su espíritu artístico. Una de estas personas a las que conocí tenía un alto sentido crítico del arte: decía cosas tan epigramáticas como las del mismo Lord Henry Wotton, amigo de Dorian Gray, casi siempre marcadas con sutiles diferencias, pero con el objetivo de herir a su interlocutor en caso de no encontrarlo a la altura de sus afinidades e intereses artísticos. A diferencia de Wilde, claro está, este amigo no era escritor y se encontraba lejos de escribir algo de valor. Experiencias y anécdotas le sobraban. ¿Entonces? Le faltaba una mejor distribución del tiempo, quizás algo de riesgo, y, de hecho, ponerse a escribir, porque la vida de escritor, de dandi y flâneur incorregible, ya la tenía.
Cuento esto porque Dorian Gray comienza a despreciar el mundo en función del incremento de su sensibilidad estética, de su pasión por el arte, de sus lecturas, en fin, de lo que podría llamarse, y lo que los estudios culturales rechazan, la “alta cultura”. Su historia empieza cándida en el estudio de su amigo el pintor Basil Hallward cuando este termina la que considera su más lograda obra: el retrato de su amigo Dorian Gray. Le pide, no obstante, que no se exhiba públicamente: I have put too much of myself into it. Pero ¿hay algún artista que no ponga nada de sí mismo en su trabajo? ¿Puede el arte sustraerse de la huella de su creador? ¿Es posible esto? El retrato de Dorian Gray gira en torno a este misterio.
Como toda historia bien narrada, no da respuestas claras. El arte no puede disociarse de su creador en ningún momento. Pensar que un libro pertenece ahora a los lectores después de la publicación es una idea absurda, tan absurda como decir que uno no tiene padres, como si uno hubiera nacido de la nada: del vacío absoluto. Discrepo con aislar el texto en su totalidad del aspecto biográfico de los autores, porque, como Basil, siempre hay algo de uno en la obra. Gustave Flaubert lo ponía así: “Madame Bovary soy yo”. Y lo mismo se podría decir de Jake Barnes de The Sun Also Rises de Hemingway o de Leopold Bloom del Ulises de Joyce y hasta el Frankestein de Mary Shelley. No digo que la obra sea un espejo fiel de la vida del autor, solo que la vida y las condiciones de producción de un libro filtran, diseminan, parte de su vida en sus obras. En algunos casos, sin duda, las asociaciones pueden ser más evidentes. Dorian Gray podría verse como una máscara de Oscar Wilde. No siempre con total fidelidad por cierto. Tampoco me refiero a la autoficción porque este género sí lleva deliberadamente este juego al extremo. Quizás la pintura sea un poco más explícita en cuanto esto. (Por alguna razón, el enigma de El retrato de Dorian Gray se encuentra en el cuadro). El rostro de Vincent Van Gogh en sus diferentes autorretratos muestran sus cambios estados de ánimo, sus fracasos, sus frustraciones: pero siempre son la misma persona, el mismo autor en momentos distintos. Algo similar pasa con el peruano Víctor Humareda, el que proyectaba su vida en sus arlequines, las calles de Lima, las prostitutas y hasta en su propio rostro demacrado.
Dorian Gray se convierte en el espejo del recorrido de vida de Oscar Wilde en muchos sentidos. Dorian Gray pasa de ser un joven inocente, sin idea de la vida, sin los medios culturales necesarios para enfrentarse a ella, a ser un tipo socialmente despreciable: nihilista, despótico, racista, asesino. A pesar de todo, resulta literariamente fascinante. ¿Por qué? Porque la literatura está conformada de miseria, de lo despreciable de la vida, de lo feo, del morbo, de la asquerosidad, de lo indeseable. No hay escritura bonita, y si la hay es sumamente aburrida, innecesaria, engañosa y hasta mentirosa. La misma naturaleza de la novela es la de levantar la cicatriz para mostrar la pus, lo que nadie más quiere ver: es la de quitar el velo de los ojos, la de mostrar al mundo y ver que todo es como un sueño, en paralelo al soliloquio de Segismundo, la gran obra de Calderón de la Barca.
Habitar este mundo en la realidad, por el contrario, puede sí resultar un problema. Oscar Wilde lo vivió en carne propia. Los ataques a su obra, los que la confundían con su vida misma hicieron que sus libros dejara de publicarse por un tiempo prolongado. En efecto, la censura comenzó desde un inició. En la versión de julio de 1890, publicada por encargo de la revista americana Lippincott’s Monthly Magazine, Wilde fue más frontal y explícito. En épocas en que la homosexualidad se consideraba un crimen, no le quedó más que corregir ciertas partes que fueron censuradas. El resultado fue, sin embargo, un libro más voluminoso y puntillistamente pulcro. Esta es la versión que conocemos y se publicó con “Prefacio” escritos por el mismo Wilde. Las ideas de este texto aclaran su posición de artista y creador: The artist is the creator of beautiful things. / To reveal art and conceal the artist is art’s aim. / There is no such thing as moral or inmoral book.
Esta confusión de la obra con la vida del autor es particularmente sorprendente. Gustave Flaubert, Charles Baudelaire vivieron situaciones similares en contextos distintos. El motivo: acusación de inmoralidad. En otras palabras, confundir la historia con la viva voz del autor. Y aunque parezca increíble, muchos adoptan, incluso hoy, esta posición peligrosa.
Algunas de las personas que mencioné al inicio de este artículo solían adoptar una posición más ambigua: tenían la pose de artistas sin ser del todo artistas: el cascarón más duro que la sustancia. Se sentían más artistas o escritores al estar junto a otros escritores como los que les gustaría ser. De esta misma naturaleza suelen ser sobre todo los poetas, cuya inspiración se haya habitualmente en bucear por los extremos de la existencia. No siempre, pero sí con frecuencia, los escándalos, los excesos, los vicios, superan y son más interesantes que sus versos. Al otro extremo están los escritores que adoptan una posición de pasividad extrema, una vida anodina, estática, rutinaria. Si bien a veces la obra llega a sostenerse a veces por sí misma, el autor, o lo que él crea de sí mismo, no aporta en nada. Lo que termina por sofocar su misma obra.
Sin embargo, los escritores cuya obra y vida son dos volcanes ardientes también pueden ser peligrosos. Oscar Wilde pertenece a este grupo, como también pertenecen a él Rubén Darío, Victor Hugo, Balzac, Virginia Woolf, Stevenson e incluso las hermanas Bronte. En todo caso, el escritor debe de mantener un halo especial en vida porque, una vez extinto, este podría nutrir o rescatar su obra del olvido. Si este halo no existe, o no se nutre de algún modo, al escritor le quedará simplemente la etiqueta de “alguien que escribe” en vez de la de “escritor”.
Charlotte, noviembre de 2025
Publicado parcialmente en la columna "El rastacuero literario" en Bitácora, noviembre de 2025.
