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La célebre vida de un escritor: La casa de Charles Dickens

Me encuentro sentado en la cafetería de la casa de Charles Dickens, en el número 48 de Doughty Street, con una taza de té inglés que me devuelve los ánimos, envuelto en una neblina abrumadora que amenaza con ahogarme. El aire sostiene litros de humedad en esta ciudad con la que soñé desde pequeño. El jardín no es grande, unas cuantas mesas llenan el local apenas, unos lectores animosos leen en silencio una antología de Dickens. Entre mis recuerdos atesoro la llegada de unos ejemplares rotos a mis manos: Great Expectations, Oliver Twist, The Mystery of Edwin Drood, en unas ediciones burdas —piratas a todas luces, editadas en el Perú—, que conformaban parte de la biblioteca de mi padre, y sobre las que inevitablemente pienso en este momento. Ahora me parece ver a Evenezer Scrooge esperando su café o al pobre de Edwin Drood ingresando al local. Londres tiene esa magia que no acaba en sus calles, magia que se mete en el alma y que termina acompañándolo a uno durante la vida entera.  

Hace unos días, tomé el primer tren para atravesar media ciudad desde el aeropuerto de Gatwick, al sur de Londres, viendo a través de las ventanas las casitas victorianas con chimeneas manchadas de hollín, de ladrillos colorados, como sacadas de alguna película de Charles Chaplin o de las páginas de alguna novela de Amy Levy. El Támesis articula las calles de Londres, atravesándola, recordando al peatón que su presencia en esta ciudad es portadora de sus más grandes secretos. Las calles grises, majestuosas, cosmopolitas, nos transportan a un mundo anacrónico que solo puede visitarse, y ampliarse, a través de la literatura.

Londres es tan única como París, y hay que saber reconocerlo. 

 

¿Por qué la casa de Dickens es tan especial? El genio de Dickens, su vasta producción literaria y periodística, las lecturas públicas de sus historias, lo convierten en un personaje identificable en todas las épocas. Pocos escritores, muy pocos, llegan a ser tan grandes como Dickens. No por la falta de talento ni dedicación, sino por un contexto propicio en el cual confluyen cuatro cosas: el trabajo, la experiencia, el lugar y la creatividad. Cada época y lugar tiene su propio Dickens, y para encontrarlo y reconocerlo es necesario verlos a través de los prismas de la historia: Vargas Llosa es el Dickens peruano, Carlos Fuentes el mexicano, Chinua Achebe el nigeriano.             

La casa de Doughty Street es la primera que Charles Dickens pudo comprar, en 1837, a los 25 años, para trasladarse con Catherine, su mujer: un matrimonio joven, lleno de vida, de ilusiones. Ubicada en los alrededores de Bloomsbury, cerca de la estación de King’s Cross, construida en 1857, la casa de estilo Regencia permitía oír desde el interior el rechinar de las carrozas, las campanas de las iglesias y parroquias, los gritos de los canillitas, los vendedores de comida, los perros callejeros. De dos pisos apenas, con los espacios justos para una vida tranquila, la casa albergaba en el primer nivel las áreas comunes y domésticas; el estudio del creador, del genio, ocupaba el segundo.

Aunque Dickens vivió apenas dos años en este lugar, entre marzo de 1837 y diciembre de 1839 (pasaría por otros lugares antes de mudarse a la casa de Gad’s Hill Place, en Higham, Kent), es aquí donde se hizo escritor y alcanzó un nombre que hizo eco en el mundo.    

            La obra de un escritor es indesligable de su vida; aquel no hace más que alimentarse de sus recuerdos, de distorcionarlos a tal punto que parezcan un mosaico de experiencias de la vida de otros. Los libros de Dickens están plagados de referencias sobre las desigualdades sociales, efectos de un mundo acelerado a raíz del crecimiento de las urbes y el trabajo no regulado. Dos sucesos marcaron su vida: el encarcelamiento de John Dickens, su padre, y su familia en la temible cárcel de Marshalsea,  a raíz de sus deudas, en 1824. A consecuencia de esto, Charles, de apenas doce años, trabajó bajó condiciones extremas en la Warren’s Blacking Factory, una betunería cercana al Támesis, pegando etiquetas en las botellas de betún durante diez horas al día. De olores nauseabundos, de oscuridad total, horas prolongadas, este lugar era el menos apropiado para un niño. Su vida cambió años más tarde al ingresar como ayudante del bufete de Ellis y Blackmore, a los quince años, y luego en el de Charles molley, a los dieciséis, antes de dedicarse al periodismo, oficio con el cual se entrenó como escritor de novelas. El Mirror of Parliament y el Morning Chronicle vieron sus primeros escritos. Su compromiso serio y perenne con la literatura empezaría, sin embargo, en agosto de 1836, al decidirse a escribir a tiempo completo, con horarios, objetivos, un método y un nombre de pila: Buz. 

En esta casa se afianzó su vocación de escritor, y en el estudio del segundo piso, vieron la luz The Pickwick Papers, Oliver Twist y The Life and Adventures of Nicholas Nickleby, inicialmente publicadas por entregas. Un escritorio de caoba —diseño conocido como Dickens Desk—, con cajoneras simétricas, un tablero con pendiente y una silla tapizada de cuero fueron utilizados en sus últimos años, en su vivienda de Gad’s Hill Place. La pluma con la que escribía se muestra celosamente en uno de los escaparates.

¿A qué hora y cómo escribía? Charles Dickens era de los escritores matutinos, metódicos, cíclicos. Entregado a su labor desde las 8:00 am hasta las 12:00 pm, escribía a mano, encerrado en su estudio. Sus métodos y alternancias de tiempos de producción revelan su capacidad de trabajo. Desde febrero de 1837 hasta mayo de 1837, dedicó las primeras dos semanas de cada mes, es decir, ocho semanas, a la escritura de Oliver Twist (que aparecía por entregas en el Bentley’s Miscellany). Las dos semanas restantes, las dedicaba a avanzar con Pickwick, y cuando acabó con esta, corrió la escritura de Oliver Twist a su lugar, y las primeras dos semanas las llenó con Nicholas Nickleby. Así, la distancia sobre el material creado, le permitía corregir, inspirarse nuevamente, limar asperezas, limpiar esquinas de la escritura todavía sin pulir.  

¿Y cuando no escribía? Seguía con el proceso creativo, alimentado por su vida social, sus encuentros con amigos, editores y la gente de Londres: los pobres, los desheredados, los desplazados, los mendigos. (Sus abuelos fueron sirvientes de casa de campo). Atestiguan las diversas cartas de Dickens, muchos de estos hábitos y costumbres. Era alguien que necesitaba de la vida social para nutrir su escritura; necesitaba nutrirse del ojo público, de las reuniones, los visitantes y la gente que conocía. 

Son muy frecuentes en el mundo anglosajón los clubes sociales, asociaciones de dandies y hombres de negocios e intelectuales, de costumbres refinadas y de un cierto porder social y simbólico. Charles Dickens era uno de estos. Socio del Garrick Club, del Parthenon, del Atheneum, sus chequeras muestran el dinero que gastaba. Pero de ningún modo se trataba de un despilfarrador, por el contrario, Dickens también era un filántropo. Aprovechando su capital social, su fama, encabezó algunos eventos de recolección de donaciones para hospitales, asociaciones de artistas, colegios, gremios de trabajadores. 

Entre sus aficiones se encuentra una larga vocación por la actuación. En su juventud se propuso ser uno. En un salón junto al estudio, se encuentra el podio diseñado por él mismo para las lecturas dramatizadas de sus obras, que empezó en 1850 hasta su muerte. La fama, la imagen pública, el glamour coinciden en Charles Dickens, tal vez sea el primer escritor cuya fama se equipara a la de The Beatles en los años 60. Su imagen era reconocible en cualquier lugar, la gente lo perseguía, esperaba las entregas de sus historias con ansias, semana a semana. Y él supo sacarle provecho. Durante su primera visita a los Estados Unidos, en Boston, en 1842, sufrió el acoso de los fanáticos en las calles y restaurantes donde cenaba. Sus libros estaban siendo pirateados en este país sin darle ningún rédito económico, por lo que se propuso combatirlos con la naciente idea de los derechos de autor, que a la larga beneficiarían sus bolsillos. Su experiencia en América, sin embargo, no fue del todo grata. En Washington, por ejemplo, no dejaba de expresar disgusto por el relajo de las normas sociales. Le disgustaba la forma cómo la gente comía, se vestía, hablaba. Y en su libro de viajes, American Notes, describió a los americanos del oeste con adjetivos poco amigables: fellow animals, dice, gente que se despoja de los sacramentos sociales para satisfacer sus antojos naturales. Los considereba vulgares, incivilizados, insensibles y codiciosos. 

Dickens recuerda una anécdota conmovedora en sus memorias, The Uncommercial Traveller, que una anciana del staff de guías me puso al corriente: De niño, en sus caminatas por Kent junto a su padre, pasaron por una casa que le llamó la atención. Era una casa de estilo tardo-georgiano, elegante, imponente, llamada Gad’s Hill Place. Su padre le dijo: “Si eres perseverante y trabajas muy duro” alguna vez podrás vivir ahí. Charles Dickens se la compró en 1856. En ese lugar escribió sus obras de madurez, las más sórdidas y pesimistas, en las que retrata un mundo desigual y cruel: A Tale of Two Cities, Great Expectations y su obra inacabada The Mystery of Edwin Drood. 

Todavía recuerdo con nostalgia las clases de literatura victoriana de la doctora Stern, clases que nos transportaban en mente y espíritu a esta época celebratoria de Inglaterra. Queríamos, precisamente, descifrar lo que tantos habían intentado sin éxito: ¿Qué le había pasado Edwin Drood? ¿Cómo pudo desaparecer de modo tan repentino? ¿Lo asesinaron? La novela acaba súbitamente en el episodio XXIII, porque Dickens murió antes de terminarla. Las miradas y las lecturas atentas apuntaban al podio. Fracasamos. 

A diferencia de un nacimiento, la muerte no suele anunciarse con anticipación. Llega sin avisar, nos toma desprevenidos. Dickens murió a los 58 años de un paro cardiaco, el 9 de junio de 1870, mientras escribía The Mystery of Edwin Drood, en la casa con la que soñó de pequeño, Gad’s Hill Place. Como era de esperarse, los funerales fueron apoteósicos, con medio Londres acompañándolo hasta el Westminster Abbey, en la llamada Esquina de los Poetas, donde fue enterrado junto a celebridades como Rudyard Kipling, Sir Alfred Tennyson y Geoffrey Chaucer. 

Es imposible imaginar este tipo de celebridad en la actualidad. El escritor ha pasado a un segundo plano en la sociedad, ha vuelto a ser la figura aislada y anónima que alguna vez fue. Los reguetoneros han tomado su lugar, le han torcido el cuello y lo han enterrado en un pozo. ¿Volverán tiempos como los de Dickens? ¿Volverá la novela a tener un lugar central en la vida? 

Es tarde, la temperatura ha descendido. Guardo el cuaderno de notas. Salgo del número 48 de Doughty Street, me subo el cuello del gabán, camino con dirección al Támesis, abriré unas páginas de Dickens, uno de sus cuentos de navidad tal vez, hace frío, realmente frío.  


Londres, abril de 2024

 




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