Ir al contenido principal

Resucitando a los muertos: los libros inconclusos de Jane Austen, Julio Ramón Ribeyro y García Márquez

En ocasiones resulta más interesante el contexto de la publicación de un libro que su contenido. Sucede con los libros póstumos, cuyos resultados, sin embargo, son generalmente pobres y no cumplen con las expectativas formadas. Es cuando se leen comentarios y juicios absolutistas como “no está a la altura de su obra anterior” o “no es su mejor trabajo”. Es necesario prolongar la mirada y encontrar el encanto de estos libros, cuya perfección no se halla en sus páginas, a diferencia de las obras anteriores del mismo autor —a veces obras maestras—, sino, precisamente, en su contexto de creación y proceso de publicación. 
    Acabo de cerrar el libro de Sanditon, la novela que Jane Austen empezó a escribir en enero de 1817 y dejó inconclusa en marzo, cuando su enfermedad se agravó y quedó postrada hasta su muerte el 18 de julio del mismo año. En principio, asumiendo que nadie desea morirse, Jane Austen escribía con el objetivo de publicarlo cuando su estado de salud mejorase. Sin embargo, esto no ocurrió. El manuscrito muestra una letra apresurada, con borrones constantes, oraciones suprimidas, pero también con párrafos limpios y extensos. La depuración, reescritura y edición, procesos a los que los escritores generalmente recurren antes de publicar sus libros, fueron lo que justamente le faltó a esta obra. No obstante, aunque inacabada, el resultado es notable. 
    Jane Austen fue una escritora puntillista, atenta a los detalles de sus personajes, a sus relaciones sociales y sentimentales, siempre crítica del tiempo que le tocó vivir. El uso que hizo del estilo indirecto libre la diferencia de otros escritores de su época, poniendo el dedo sobre llaga, es decir, ironizando las ideas que sus personajes tienen sobre la felicidad, el matrimonio, el dinero, valores que primaban por encima de cualquier otra cosa, principalmente, el matrimonio. Aquellos que recuerden el primer párrafo de Orgullo y prejuicio, notarán directamente esta distancia irónica: “It is a truth universally acknowledged, that a single man in possession of a good fortune, must be in want of a wife”.
    En Sanditon están presentes los elementos claves del estilo de Jane Austen, aunque con oraciones extensas y saltos abruptos de párrafos o situaciones sin transiciones sutiles. En sus novelas no se encuentra un narrador externo que juzgue a sus personajes, sin embargo, en un párrafo del capítulo VII, de los XII, la narradora justifica la acción de su heroína, Charlotte “Heywood: I make no apologies for my heroine’s vanity”. El cambio de tono es llamativo y nos deja en el plano de la especulación. ¿Por qué hizo este cambio tan llamativo? En principio, el texto no debía haberse publicado y esa oración quizás era una seña para una posterior adaptación a su estilo característico, manteniendo la idea y el sentido. Pero ahí donde muchos vemos asperezas, E.M. Forster detectó el inicio de un modo experimental, con especial énfasis la geografía del lugar. Y es que el argumento, si es que se puede precisar con los capítulos al alcance, no es sencillo de esbozar. 
    Mr. Parker y su esposa, camino al balneario de Sanditon, donde pretende impulsar un negocio hotelero con el beneficio de las aguas del mar, tiene un accidente en Willingden, un pequeño condado al sur de Inglaterra. Recibe las atenciones de los lugareños y en reciprocidad invita a Charlotte Heywood a pasar unos días con su familia en Sanditon. A través de la mirada de Charlotte, transcurren otros personajes que coinciden en el mismo lugar. 
    Sanación, salud, hospitalidad, resuena en la geografía de Sanditon. Un aspecto interesante es la conexión entre el delicado estado de salud de Jane Austen con las conversaciones de sus personajes y la insistencia en recurrir a medios de sanación naturales. Así, por ejemplo, los instantes específicos de salud de la escritora pudieron interferir en los momentos de creación y su preocupación por hablar sobre salud. 
Se podría afirmar que Sanditontiene dos vidas irregulares: una, su existencia hológrafa, y otra su posterior publicación. Anna Austen Lefroy, sobrina de Jane, donó los manuscritos al King’s College de Cambridge, y unos fragmentos fueron citados en la memoria de James Edward Austen-Leigh, sobrino de la escritora, en 1869. La novela apareció en 1925, es decir, 107 años después de la muerte de Jane, impulsado por R.W. Chapman. 
    Lo interesante ocurre cuando, en 1975, se publicó una versión “extendida” hasta el capítulo XXX, uniendo como dos pedazos de tela la versión original y otra de la escritora australiana Marie Dobbs, cuya autoría sale de modo anónimo en la portada de la novela bajo el nombre de: Sanditon by Jane Austen and another lady. 
    ¿Usurpación? De ningún modo, pero hay un límite que se cruzó al completar con espíritu gestáltico, algo que debió de quedar ahí, con todas su imperfecciones, con todos sus defectos. Las motivaciones son indudablemente económicas, pero ¿era necesario? Marie Dobbs hace una aclaración (de donde saco estos datos) al final del libro, preguntándose de qué había de preocuparse en completar la novela si se conocía el método de trabajo y estilo de Jane Austen. 
    Quizás su pregunta pueda resultar un tanto cínica y, sí, en efecto lo es. Y su posición es criticable de donde se la vea. Pero, después de todo, ¿no hace el cine algo parecido al distorsionar los argumentos en función de la “naturaleza visual” de las películas? Una última muestra es, ni más ni menos, Cien años de soledad. 
    A Julio Ramón Ribeyro y a García Márquez también los resucitaron de manera distinta. En el caso del peruano, se publicó en 2024 un libro bajo el título de Invitación al viaje y otros cuentos inéditos, título alusivo al poema XLIX de Les fleurs du mal de Charles Baudelaire. 
    El editor del libro, Jorge Coaguila, da algunas pistas sobre la situación en la que se encontraban los textos al ser hallados: “en papeles inéditos, escritos a máquina, con numerosas anotaciones y —en algunos casos— entre varias versiones correlativas”. En otras palabras, los textos sí habían sido elaborados, a diferencia de los de Austen, a lo largo de revisiones y reescrituras por parte del autor. Incluso, las tachaduras, las “anotaciones hechas a mano”, las manchas de café o los dibujos al margen de las páginas, resultan reveladoras a la hora de sumergirnos en las horas de trabajo y el temperamento creativo del creador. Así, refundidos en la oscuridad de los cajones de la casa de Julio Ramón Ribeyro, lo único que a estos cuentos les faltaban era ese impulso de ver la luz en la imprenta, que, por alguna razón, él mismo no hizo por cuenta propia.
    Pero si a Julio Ramón Ribeyro lo resucitó la admiración y el trabajo de un admirador suyo, a Gabriel García Márquez los resucitaron sus propios hijos, Rodrigo y Gonzalo.
    Para tal fin, contactaron a Cristóbal Pera, quien había trabajado mano a mano con el autor en la publicación de Yo no vengo a decir un discurso. El manuscrito contaba con cinco versiones corregidas por el mismo García Márquez y un archivo Word que su secretaria, Mónica Alonso, guardaba. En palabras de Cristóbal Pera: “Mi labor en esta edición ha sido la de un restaurador ante el lienzo de un gran maestro”. Una metáfora tomada de las artes plásticas no podía ser más iluminadora y precisa en este contexto. 
La llamada “Versión Cinco” fechada el 5 de julio de 2004, por Gabriel García Márquez, es iluminadora, además, por se correcciones hechas a mano cuando el autor se encontraba en claro deterioro mental y físico. El orden de la página, la limpieza de las anotaciones, a búsqueda de adjetivos que crean la atmósfera del caribe entrelazada con los episodios amorosos de Ana Magdalena Bach, forman el fresco ambiente de En agosto nos vemos.
    Si uno pone en contraste uno al lado del otro los manuscritos de Invitación al viaje y En Agosto nos vemos encontraremos diferencias notables en sus procesos de corrección: el peruano más propenso a la divagación a la hora de seleccionar palabras y el colombiano, preciso, dueño de una intuición certera a la hora de separar lo superfluo y lo banal a cambio de otra palabra más encajada en la historia. Estos tres libros nos enseñan no solo que el proceso de escritura puede llegar a ser tan interesante para el lector como la obra terminada.
    Se suele decir que la publicación de una novela es la meta de una carrera maratónica. El escritor, entonces, no es nada más que un ser hecho para levantarse de cada caída. Su vida está compuesta de estos altibajos. Su obra no es más que el reflejo de esa persistencia contra sí y contra el mundo. Quizás por esta misma exigencia de la naturaleza del escritor, la mayor parte de veces, las mejores obras se encuentran en el primero y el último libro, en el inicio y el final. El inicio porque condensa las dificultades y satisfacciones al momento de ver la versión impresa, y el final porque nos enseña, como en Julio Ramón Ribeyro y Gabriel García Márquez, cuán inspiradores pueden ser las últimas palabras —escritas— de un escritor. 

                                                                         Columbia, febrero de 2025




Publicado parcialmente en mi columna El rastacuero literario, en Bitácora, febrero de 2025



Entradas populares de este blog

¿Pasatiempo de niñas? La casa de Jane Austen

J ane Austen tenía una lengua burlona, afilada, hiriente. Nada raro en una sociedad con estrictas normas de comportamiento. Su visión, en cambio, era corta, lo que la obligaba a encorvarse al momento de escribir. Incluso así era una observadora única. La hipocresía, la falsedad, la adulación son temas recurrentes en su literatura.      Mi itinerario era sencillo: esperar el tren en la estación de Waterloo, al sur de Londres, viajar durante hora y media hasta Alton, una pequeña villa cerca de Chawton, en Southampton, y visitar la casa en la cual Jane Austen vivió sus últimos ocho años de vida. Desde mi acercamiento a las novelas de Jane Austen en los cursos de literatura inglesa de la Universidad de Bonn, quedé encantado por la ironía y la elegancia con la que retrataba las relaciones personales, dejando de lado el prejuicio con el que, desde Latinoamérica, se la cataloga erradamente de “sentimental”, consecuentemente, destinada a un público juvenil, d...

La literatura y las lenguas de un continente

Es la primera vez que pongo un pie en África. Me encuentro en Nairobi, capital de Kenia, para asistir al encuentro anual de la Asociación de Literatura Africana, que este año honra al más importante escritor del país: Ngũgĩ wa Thiong’o, fallecido hace apenas un mes. En medio de ruidos y protestas contra el gobierno de William Ruto, con gases lacrimógenos que alcanzan los últimos pisos de los edificios y con una juventud inconforme de su entorno, ahora puedo decir que me encuentro en el país que desveló mis sueños de los últimos años.       La literatura africana no tiene gran presencia en Latinoamérica, no por la falta de escritores de la talla de Chinua Achebe o el premio Nobel Wole Soyinka, entre otros grandes, sino porque la literatura que se exporta de estos países, generalmente, apunta al mercado europeo y americano, en habla inglesa y francesa. Quizás por este desinterés mutuo, y tal vez por la desconexión cultural entre países de ambos continentes, el tránsito...

El cosmopolita inmortal

Ha muerto Mario Vargas Llosa. El último de los gigantes. La noticia viaja de Lima a París, de Londres a Madrid, de Nueva York a Roma, en lenguas distintas, sugiriendo el cierre de la novela de su vida. Como único peruano, doctorando en literatura comparada en la Universidad de Carolina del Sur, me señalan con el dedo que es a mí a quien le toca hablar sobre él: esta vez me dirijo a todos (en francés).      Dejo que mi mente repase los nombres imprescindibles de su obra, los infaltables, los inmortales, los que no pueden faltar en la mochila, en la librería móvil y en los estantes de las bibliotecas del mundo. La ciudad y los perros (1963), La Casa Verde (1965), Conversación en La Catedral (1969). Novela, cuentos, teatro, cine, ensayo, crónica, ningún género escapó de su mirada crítica ni de su gran ambición de escribir la “novela total”. A través de sus ensayos y entrevistas, dejó entrever lo que esto significaba: lo inalcanzable, la representación general ...