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Un recorrido por el barrio del Abasto. La casa de Carlos Gardel

Una francesita de nombre Berthe Gardés juntó el dinero suficiente, cogió lo necesario y dejó su natal Toulouse con rumbo a Buenos Aires. Cargaba en sus brazos a un pequeño de 2 años y tres meses, juguetón y coqueto, de nombre Charles Romouald Gardés, al que más tarde conocerían en aquel porteño barrio del Abasto como “El Morocho” o Carlos Gardel, el “Zorzal Criollo”, en el mundo entero.  

En la calle Jean Jaurés 735, a unas cuadras de la bulliciosa avenida Corrientes y del edificio de arcos metálicos del Mercado de Abasto, Carlos Gardel compró, en 1927, una pequeña casa de dos plantas para vivir con su madre. Ya convertido en una figura musical de talla mundial, no optaba por los lujos, sino por pasar unas cuantas horas junto a la viejecita de la que decía: “el más modesto pucherete hecho por sus manos vale más y es más sabroso que el más caro de los platos del mejor de los hoteles del mundo”. 

Carlos Gardel cantaba con voz armoniosa que no pasaba por el molde académico, pero que llegaba a entonar con buen color y registro notas que transmitían el dolor de ser pobre y enamorado en una gran ciudad. El día que me quieras, Volver, Yira Yira, Mano a Mano: todo calzaba con su entonación, y todos querían ser como Gardel. 

Pero aquel recodo de Buenos Aires, tan húmedo y criollo, no es solo gardeliano, es el centro del tango mismo. Especialmente en verano, las noches se animan con bandoneón y guitarras. Las cuerdas amenizan la oscuridad llenas de melodías de arrabal, y es fácil quedarse impresionado –o querer quedarse para siempre-. A ambos lados del pasaje Gardel, las estatuas de Alberto “El Cantor de los Cien Barrios Porteños” Castillo, el maestro Aníbal “Pichuco” Troilo o “La Mujer Hecha Arrabal” Tita Merello ¡parecen no callarse nunca! y nos recuerdan la voz de Julio Sosa cuando, desagarrado, decía que ¡el tango es macho!, ¡el tango es fuerte!, tiene olor a vida y gusto a muerte.

Carlos Gardel falleció el 24 de junio de 1935 en el aeródromo de Medellín cuando el F 31, en el que se encontraba con su amigo Alfredo Le Pera, se estrelló con el Manizales. Curiosamente, sin saber que moriría tan joven, había hecho un testamento ológrafo en 1933, dejando, para evitar problemas debido a la castellanización de sus nombres, todas sus pertenencias a doña Berta. A su muerte, la casa pasó por las manos de varios propietarios, y desde el 2003 se encuentra abierta al público para conocer de cerca la vida a través de los objetos cotidianos, documentos y pertenencias que reflejan el temperamento de su propietario.       


Publicado en Bitácora, agosto de 2018

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