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El cine peruano de antes y el cine peruano de hoy

 Nelson García Miranda es director de cine peruano desde la década del setenta. Es decir, de Cuando el cine era una fiesta: así se llama el libro que publicó en 2009. También fue crítico por un periodo en la reconocida revista especializada Hablemos de Cine(cuando aún se hablaba y se pensaba sobre el oficio) de Isaac León Frías. En esta investigación tan prolija en fechas, estrenos, y nombres de cintas producidas bajo el amparo de la ley de cine 19327 promulgada durante el gobierno de Velasco Alvarado, revela que fueron, desde 1973 a 1992, 1254 películas entre cortos y largometrajes de ficción y documental.  

Hace unos días conversé con Nelson sobre un cortometraje suyo, Canción para un cine cerrado (1989) que se mantiene tan fresca como cuando la hizo. Es, como él mismo la llama, “una declaración de amor” a los cines cerrados. Y debe de ser cierto porque muchos años después Nelson publica continuamente en su perfil de Facebook, mientras camina o viaja en el autobús y pasa junto al cine Grau o al Capitol, fotografías llamativas de estos “templos” cinematográficos (también expresión suya). 

Me parece que Nelson representa positivamente l´epoque du modernisme del cine peruano que todos recordamos... Y eso debido a los largometrajes más emblemáticos que hoy consideramos canónicos en nuestra cinematografía. Directores que comenzaron en el cortometraje bajo el cobijo de esa ley: Francisco Lombardi, Alberto Durant, Augusto Tamayo Vargas, el mismo Nelson (todos vigentes). Es el cine que le ha dado un rostro en imágenes al país, internacionalizando los temas y paisajes peruanos, como lo fueron en los sesenta y setenta, en literatura, la narrativa de Bryce, Ribeyro y Vargas Llosa. Razón más que suficiente para recordarlos tanto. 

                                                            Imagen de Canal Ipe

Sin embargo, hay algo que no deja de llamar la atención. Y lo escuché de Óscar Catacora, director de Wiñaycha, en un certamen cinematográfico en Cajamarca. Cuando a los nuevos realizadores les preguntaba sobre cuántas películas peruanas conocían, y las respuestas inmediatas (no analizadas ni mediadas) eran La boca del lobo (1988), Caídos del cielo (1990), Gregorio (1984), Paraíso (2009), La teta asustada (2009), Contracorriente (2010), Magallanes (2015), Retablo (2018) y una lista extensa de películas de los años posteriores a los sesenta, se revelaba un gusto por lo canónico, por lo limeño, lo “oficial”. Lo mismo sucedía cuando comentaban sobre los directores a los que seguían y las respuestas no pasaban de Claudia Llosa y Jonatan Relayze. ¿Y Marreros, Cámac, Inga y Catacora? 

Se asocia directamente al cine peruano con el cine producido en la capital, dejando de lado a un gran bloque de películas (cortos y largos) afuera. Ya existe un cambio generacional no solo en edad sino en temas, fondos y formas. Entonces ¿no es cine peruano lo que se hace en las provincias? Existe aún un campo cinematográfico que pone a unos directores por encima de otros, y lo confirma la misma opinión de los realizadores. Y continuará mientras estos no minen el terreno ganado por los veteranos.  

Los medios informáticos y tecnológicos contagian a jóvenes para hacer cine: uno más accesible e interesante. Aleccionador y múltiple en cuanto a narrativas y estéticas. No obstante, esto no ha cambiado el esquema del espectador ni de la crítica, pues estos no se fijan en ellos, opacándolos. Estos tampoco han evolucionado y no van de la mano con lo nuevo que se produce. No se escribe o es insuficiente, ni se interpreta.  

 

No existe una palabra muda testificadora. 

 

Entonces, ahora se puede decir que hay un cine peruano de antes y un cine peruano de hoy. Y también un cine “oficial” de antes y un cine “oficial” actual: los que han venido desarrollándose en una misma línea. Aquel producido por los directores con los que crecimos y admiramos tanto, aquellos de los setenta y aquellos más viejos, pienso en el cine más antiguo producido por Enzo Longhi, Alberto Santana, Manuel Trullen, Armando Robles Godoy. Pero también aquel cine “periférico” de antes, el que gira alrededor de lo realizado en Lima. El realizado por el iquiteño Antonio Wong Rengifo en la década del treinta con cintas como Bajo el sol de Loreto (1932) y Revista Loretana (1934), o Acuarelas de feria (1956) del huancaíno Augusto Rojas Hurtado. Y el buen cine “periférico” de hoy como el realizado por los innumerables cortometrajistas (video o cinta a estas alturas da lo mismo) de todo el país como Manuel Eyzaguirre, Fernando Mendoza, Wildo Ontiveros, Calín Romero, Rómulo Sulca, Carlos Merino y muchos, muchos más. Ese gran bloque podría formar una nueva compilación histórica de lo producido en la última década, al igual que el libro de Nelson García. 

 

El cine peruano tiene historia, pero también se va reescribiendo (con imágenes y  con palabras) con cada nueva película que nace del imaginario de sus realizadores, y es una necesidad seguirlos, ya sea en festivales y en plataformas digitales, porque es lo menos que podemos hacer para visibilizar las nuevas miradas y extirpar la falsa idea de una ausencia de cine nacional pues los números demuestran lo contrario. 

 

                                                                                             

                                                                                             

                                                                                                 Arequipa, junio de 2019


Publicado en Gatonegro, junio de 2019

 

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